viernes, 13 de mayo de 2016

El sentido de la poesía



Tribuna para El Norte de Castilla








Poco a poco hemos construido, sobre lo ya dado, una realidad enormemente complicada; muchas veces lo pienso, ante los sucesos cotidianos de la vida, sucesos que me superan y que manifiestan mi pequeña condición. Tal vez ahí, entre otros momentos, interviene la poesía, y en sentido amplio, por supuesto, la literatura. Por una parte la poesía es bálsamo ante la dureza de la vida, por otra se alimenta de esa misma vida, y de esa misma dureza, para existir y desarrollarse, para expandirse, dentro de nosotros mismos, en nuestra alma, en la realidad, en nuestra interacción con ella.


La poesía interviene en la mirada, naturalmente, del poeta, y educa la mirada de sus lectores, poetas implícitos, aunque no escriban, porque se puede hacer poesía sin escribirla. La poesía lee el mundo de otra manera, y eso siempre ha sido así, no sólo en el mundo de hoy. Lo lee de diferente manera y lo expresa de distinta manera: hay una poesía, digamos, receptora, y otra emisora, las dos creadoras. La poesía es benefactora del ser humano en cuanto mejora al hombre pero también mejora el mundo, de forma directa e indirecta, a través de la acción de la persona y de la propia visión que esa persona arroja del mundo.


Parece un juego de palabras, cuando lo es también de realidades. La poesía crea y transforma, ahora no sólo en el papel, pero también en la propia realidad. Lo que vemos y sentimos de forma bella, profunda, distinta, sentida, poética acaba condicionando nuestra vida y nuestro espíritu. El arte flota en el aire, como una atmósfera: el artista lo percibe y percibiéndolo hace el ejercicio de expresarlo en otro lenguaje, que se funda con el primero, el puramente artístico, que es universal. Tal vez escribamos los poemas que ya existían en la realidad, confundidos con los seres y las cosas, pero que sólo al escribirlos conseguimos que se manifiesten, como fantasmas bienhechores, de tal modo que todos podamos verlos y disfrutarlos.


La pregunta, una de ellas, es cómo es nuestro mundo: ¿siempre ha sido así? Tan complicado, tan convulso, tan peligroso. Estamos rodeados de problemas; nuestra sociedad es más o menos confortable, aunque la muy fuerte crisis económica la ha golpeado poderosamente, pero aún así los enemigos nos rodean, la falta de dinero, de trabajo… precariedad es una palabra que puede definir lo que hemos vivido estos años, lo que parece que ya se está solucionando ahora.


Vuelvo a la idea anterior. A mi modo de ver la poesía, como el arte, del que forma parte o por lo menos forman la misma familia, no está sólo en el papel o en los infinitos soportes que tenemos hoy. No, eso es la manifestación de la poesía, la plasmación, la desenvoltura gráfica, literaria, de la poesía. Pero a mi modo de ver la poesía está en el mundo y en la forma que tenemos de mirarlo, de tocarlo, sentirlo, actuar en él y con él. La poesía, creo yo, no está sólo en la belleza, está también en cómo tratamos esa belleza, en cómo la recibimos y en qué hacemos con ella. Pero no sólo es belleza, es mucho más que eso, aunque la forma de expresarse resulte al final en algún tipo de belleza, porque también está en su contrario, en la fealdad, en lo negativo –antes hablaba de la dureza de la vida-, también está ahí, pero lo sublima. La muerte, que no consideramos precisamente como algo bello, o bueno, es uno de los grandes motores de la poesía y de la literatura.


La poesía es un juego también, una interacción, un revelado de lo mejor de nosotros mismos, algo en lo que intervienen muchos elementos. El poeta es el ser que capta algo especial, algo no vetado a las personas “normales”, pero que él ve, sí, siente, con extraordinaria intensidad y es capaz de formar en palabras, expresarlo. ¿Cómo lo hace? Con una facilidad, sin duda, según los casos, pero también con el desvelo de una técnica, el aprendizaje en los poetas que lo precedieron. Y un aprendizaje del mundo, de la visión, sentimiento y vivencia del mundo, en lo bueno y en lo malo, como un ser vivo entre los seres vivos, entremezclándose con la vida, como pedía Hemingway.


Pero el poema es muchas cosas, es contenido y es forma, parte lo recibe el poeta del exterior, parte lo cultiva en su interior. El poeta, además, sabe que no siempre acierta y que el gusto de los lectores no tiene por qué coincidir con su desvelo, que unas veces el fruto de su pericia es mejor y otras peor, aunque es probable que se deje guiar mucho por el gusto de esos lectores, ya que sospecha que la poesía cuando es realmente buena tiene una gran capacidad de llegar a los otros.


Tal vez el mundo siempre ha sido como es ahora, con diferentes medios tecnológicos, menos avanzado en ciertos aspectos, mejor o peor. ¿Cómo saberlo? Tal vez. Siempre, que yo sepa, se hizo poesía, una cierta forma de poesía. La poesía, decía José Hierro, dice más de lo que dice. Hoy más que nunca, nunca que quizá sea siempre, es necesaria la poesía. Por la propia supervivencia del poeta, que escribe por necesidad, mucho más que por vanidad, y por el bien de los que la leen. La poesía limpia el mundo, extrae lo mejor de él y se lo brinda a los seres humanos. Es obra, pues, muy humana, bienhechora, prometeica. Donde lata el corazón humano allí habrá poesía, también en medio de tempestades. Yo, que pienso que las crisis como la presente son terribles, creo que en lo literario pueden ser grandiosas.








Eduardo Martínez Rico


Escritor y Dr. en Filología











Publicado en El Norte de Castilla el día 9 de marzo de 2015


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